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En terapia Gestalt, hablamos mucho del “personaje” que vamos construyendo a lo largo de la vida.
Pero… ¿qué significa eso realmente?
¿Cómo llegamos a desarrollar formas tan particulares de ser, sentir y actuar?

Este proceso tiene mucho que ver con dos fuerzas fundamentales que habitan en nosotros desde que nacemos: la ternura y la agresividad.
No en su sentido cotidiano, sino como funciones esenciales para nuestra autorregulación y supervivencia.


La energía vital y sus dos brazos: ternura y agresividad

Nacemos con un impulso vital que nos permite sentir y actuar.
Cuando surge una necesidad, primero aparece la ternura, entendida como la capacidad de sentir internamente qué necesitamos. Es el darse cuenta suave, sensible, que nos conecta con nosotros mismos.

Luego entra en juego la agresividad sana: la fuerza natural que nos impulsa hacia fuera, que nos permite actuar, poner límites y satisfacer nuestras necesidades.
Esta agresividad no tiene nada que ver con la violencia; es la energía de la acción, la fuerza de la vida.

Cuando ambas funcionan en armonía —sentimos la necesidad (ternura) y actuamos para satisfacerla (agresividad)—, el ciclo vital se completa. Recuperamos el equilibrio, el placer y la calma natural del organismo.


Cuando el flujo se interrumpe

Sin embargo, este proceso se bloquea con facilidad.
Desde la infancia aprendemos que sentir o expresar ciertas emociones no es seguro: quizá no hubo espacio para mostrarnos vulnerables, o aprendimos que la rabia, el deseo o la tristeza no eran bienvenidos.

Entonces:

  • La ternura se bloquea → dejamos de sentir lo que necesitamos.
  • La agresividad se bloquea → dejamos de actuar para conseguirlo.

Pero la energía no desaparece.
Permanece dentro, buscando salida, acumulándose como tensión corporal, rigidez o emociones contenidas.
Nuestro cuerpo se adapta a sostener lo que no pudo ser expresado: en la respiración, en los músculos, en la postura… en la forma en que nos relacionamos con el mundo.


Así se forma el carácter

Con el tiempo, estos bloqueos se convierten en estructuras más fijas.
Creamos una forma de ser —el “personaje”— que nos ayudó a sobrevivir, a sentirnos aceptados o protegidos.
Pero ese mismo personaje también nos aleja de nuestra vitalidad y autenticidad.

El psiquiatra y psicoterapeuta Wilhelm Reich llamó a esta estructura la coraza caracterológica:
una organización de tensiones musculares, emociones y creencias que se vuelve automática.
Esta coraza fue una defensa necesaria, pero con el tiempo se convierte en un obstáculo para el contacto real con nosotros mismos y con los demás.

En términos energéticos, la ternura (sentir) y la agresividad (actuar) se disocian.
El resultado es una sensación de desconexión, de falta de energía y de insatisfacción vital.


El camino de vuelta: sentir, expresar, integrar

La buena noticia es que esta estructura no es permanente.
A través del trabajo terapéutico, podemos aflojar la coraza y restaurar el flujo natural de la energía.

Desde la terapia Gestalt, integramos cuerpo, emoción y conciencia para volver a sentir lo que fue bloqueado y permitir que la energía vuelva a fluir.

Recuperar la ternura es volver a reconocer nuestras verdaderas necesidades.
Recuperar la agresividad sana es recuperar la fuerza para actuar, poner límites y crear una vida más coherente con lo que realmente somos.

Volver a unir ternura y agresividad es, en el fondo, volver a la vida:
a sentir profundamente, a actuar con libertad, a recuperar la espontaneidad y la conexión con nuestra esencia.


Este artículo ha sido inspirado por la obra
“Ternura y Agresividad: Carácter, bioenergética y eneagrama”, de Juan José Albert, cuyo enfoque integrativo ayuda a comprender cómo los bloqueos emocionales moldean nuestro carácter y cómo, a través del trabajo terapéutico, podemos recuperar la conexión con nuestra energía vital.

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